Escuela Literaria del Sur

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Libro Subito

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miércoles, enero 18, 2012

Saltar

Lo malo de saltar desde tan alto es que se baja a una velocidad impresionante. Empiezas a sentir como la sangre se acelera debajo de la piel, los ojos se tornan borrosos por las lágrimas y te dan ganas de gritar. Te contienes. Pero no puedes resistir por mucho tiempo. Así que gritas, pero no puedes oírte, de hecho nadie puede oírte; y vuelves a gritar, consiente de que lo único que lograrás es sentir la fuerza del grito recorriéndote desde el talón a la nuca.

En este momento comienzas a temer; la soledad te envuelve. En tus venas un ejercito transita acelerado, como tratando escapar por tu cabeza. Cuando te percatas que pronto llegará el final, ruegas para que todo salga bien, pues no quieres lastimarte otra vez.

A escasos metros del final no puedes contener el llanto, sabes que la caída no será suave. Abajo hay muchos mirándote, pero no te interesa; todos están esperando lo peor y no quieres que te vean caer.

La caída fue aparatosa, el cuerpo tambaleante a penas tiene fuerzas para mantenerse en pie, y un sabor amargo recorre tu lengua, atraviesa por tu paladar hasta llegar al estomago y empieza a contaminarlo todo. Te dan nauseas, y la descarga es inevitable. Lo demás ya lo sabemos, vuelves con el clásico juramento, “no lo volveré a hacer”. Pero que va, siempre es igual; siempre es lo mismo cuando te enamoras.

miércoles, abril 01, 2009

Los ojos del troyano

Me lanzó una mirada frontal y comprendí, por alguna razón que no he llegado a dilucidar, que me estaba saludando. En el fondo me alegra que haya logrado reconocer mi rostro en medio de la multitud de sus cotidianidades.

Su cabello alborotado, típico en los hombres que acostumbran a pasar sus manos sobre el, quizás por algún tic nervioso, era la fotografía de un matorral color ceniza batido por el viento. Se apoyó en los pasamanos, y con la destreza de un gimnasta sobre el potro, levantó su cuerpo de la silla de ruedas y lo dejó caer a los márgenes de una acera contaminada de huellas. Contaminada de olvido.

Procuró dejar la silla a un lado del teléfono público. Se tendió, emulando las poses de aquellas sirenas de las viejas películas, acariciadas por las olas y la música fresca, mientras a lo lejos se dejan oír las graves voces de los caracoles. Claro que para Héctor la ciudad ha preparado vallenatos, como parte de la banda sonora de su historia, y en vez de caracoles, las cornetas afónicas, y los diáfanos insultos de los apresurados.

Yo, estoy detenido a pocos años de él. A pocos pasos. Veo sus ojos de glúteos femeninos; ojos que se posan en cada fragancia de hembra, antes de que sus manos se rindan ante la magnificencia de los cuerpos apetecibles. Cuerpos gloriosos de una mañana suicida.

Alguien le tira una moneda y lo saluda, él responde con onomatopéyico gesto, mientras escucha el metálico sonido de las pequeñas montañas de monedas que se van formando en la caja. Lo observo mirar sus piernas casi ausentes. Piernas que debieron ser fuertes para poder enfrentar a Aquiles. Para corresponder al honor de ser, corresponder al linaje en acto heroico y desenfadado a los predios de la muerte meritoria de un aguerrido príncipe.

Lo veo tan cerca que al mismo tiempo puedo verme de frente a él dejando caer una moneda sobre la caja acumuladora de saludos. Me veo en cada rostro sin nombre que lo circunda, en cada risa envenenada, en los ojos que lo fusilan. Me veo en el cigarro que fuma sin pausa, como tratando de huir en el humo blanquecino que se eleva hasta la nariz de hombre que alquila celulares.

Sacude su cabeza con la boca entreabierta, dejando que la lengua tome un respiro, que pueda asomarse y ver lo que hay más allá de los bloques amarillentos que rodean su frontera. Un mundo, que a pesar de su indiferencia, es su mundo. Las calles desprendidas de la montaña en vertical descenso. La gran hilera de vehículos gruñendo con los peatones, con los otros gruñones, con la vida. La infinita cantidad de zapatos andantes; zapatos pulidos, gastados, lejanos. Un mundo de piernas, de glúteos y quien sabe que más.


Héctor me mira. Sabe que yo lo miro. Me saluda y me emociona pensar que sonríe conmigo. Me ha descubierto observándolo y aprovecha la ocasión. Me hace una seña, frotando el pulgar con los dedos índice y medio de su mano derecha, pero de inmediato unas esbeltas y lampiñas piernas secuestran sus ojos furtivos. Quizás las piernas mas hermosas del día, pues de inmediato el universo se resumió en ellas.

Allí, en medio de la ciudad que grita, él tiene tiempo para amar a la mujer perfecta. Esa que está fragmentada y esparcida en todas. La banalidad de la estética helénica no tiene cabida en el corazón de un hombre que no sabe de prejuicios. Da igual un cuerpo a lo Venus de milo que a las gordas de Botero. La mujer perfecta no sabe de tallas.

Allí, ante los ojos boquiabiertos, Héctor tiene para amarse sin pudor. Piensa en las piernas que lo rodearon y juega con su cuerpo. Debajo del roto blue jean, acondicionado para sus piernas, diminutas y flacas como el tiempo, la sangre fluye con veloces bombeos levantando el único miembro vivo de la cintura para abajo. Se acaricia. Se recrea y disfruta en un mundo paralelo de los placeres negados por la desgracia de un parto mal concebido. Cuántas mujeres caben en un solo cuerpo; cuerpo de rompecabezas excitante.

La ciudad no cesa, y yo debo continuar en el círculo raudo que me constriñe y reclama afronte mi camino. Héctor ha dejado la acera embriagada de autorretratos pastosos, viscosos seres que pudieron tener nombre y oficio en un futuro negado a recibirlos. Mientras tanto, dejo caer una moneda y espero que sus ojos vuelvan al lugar habitual, dos cuencas desorientadas por el éxtasis. Espero su saludo para verme en los ojos del troyano. Los ojos aguerridos que encontraron a la mujer perfecta.

viernes, febrero 22, 2008

El emisario

Las manos sobre el pecho. La mirada perdida. Y sobre el pensamiento un pájaro gris que lleva atado un trozo de papel en una de sus patas. Los palos de caña brava en el techo amenazan con venirse al suelo después de medio siglo; y la dignidad incólume recibe los últimos ataques.

En el jardín, juegan los nietos sobre la tierra amarillenta, mientras las sombras precisan las diez. El almendrón propina la única sombra alrededor de la casa, allí los hijos aguardan la partida de mensajero gris.

El calor aumenta, y ya en el viejo cuerpo no queda liquido para sudar. Las paredes cenicientas a cada minuto se van haciendo mas angostas; y el calor empieza a desaparecer y se convierte en nada.

Las mujeres en el fogón preparan el café de las tres; las sombras continúan girando en el almendrón, y envueltos en la tierra los niños descubren un nuevo juego. Avanza lentamente el tiempo, mientras el viejo recuerda las imágenes que le permite la memoria. Ya no hay fuerzas para llorar, ni siquiera las hay para cerrar los ojos. Presiente que en cualquier momento se llenará la casa de gente; llegarán primero los enemigos, luego los familiares, los curiosos, los amigos y todo el que desee tomar café. Resiste. Pero las sombras han cubierto el patio y los niños duermen sobre sus catres, y el ave que dormitaba ha comenzado a revoletear en el cuarto.

Sin poder hablar o moverse, el viejo hace gestos tratando de espantar el pájaro, pero todo intento es inútil. No puede gritar, apenas si sale de su interior un gemido triste. El pájaro se posa en la ventana y emprende el vuelo hacia el oriente; no se detiene. Avanza velozmente ante las miradas que escudriñan en la penumbra.

La casa queda en silencio. El viento que soplaba sobre las ramas del almendrón ha cesado; no se escucharon más las desafinadas notas de los grillos en el patio, y el perro que aullaba junto a la ventana del viejo también ha quedado mudo. No hubo tiempo para llorar en la noche más larga y silente de todas las noches.

Cuando sea la hora volverá como de costumbre el pájaro gris, a llevar consigo el llanto de los que aguardan el tiempo de las sombras. La próxima vez lo esperará otro cuerpo en el mismo cuarto y sobre la misma cama, con las manos sobre el pecho y la mirada perdida. Y seguramente habitará allí, sobre el pensamiento; y la dignidad incólume recibirá otra vez los últimos ataques.

martes, octubre 23, 2007

Exceso de velocidad

La colisión fue inevitable. Los vehículos involucrados quedaron inservibles. Los gritos de los heridos delataban la magnitud del hecho. Mi hijo fue el causante de la tragedia. Desde ese día jure que nunca lo volvería a llevar a los carritos chocones.

Súbditos

Levantó sus manos el hombre de la gran la barriga y los pequeños súbditos cerraron sus bocas de forma inmediata. Se pasó las manos por el rostro, disimulo una sonrisa, miró a los presentes y dijo:
—Estamos reunidos en esta oportunidad compañeros para tratar un tema de gran importancia para la humanidad. Es hora de darle el poder a nuestros hermanos… tenemos que desechar los vicios del pasado que solo nos llevan a la miseria.

En cada oración, entrelazaba sus dedos apoyando sus manos sobre la voluptuosa panza. No paró de hablar durante casi una hora. Habló de él, de sus logros, de su infinita bondad y su sapiencia. Contó también de su experiencia en otros mundos, y como lo amaban los extranjeros. Por supuesto no podía desaprovechar la oportunidad para mencionar dentro del discurso su gran humildad.

En la fila delantera los lacayos reían a carcajadas ante cada mal chiste, y por lo general ellos eran el objeto de la burla. Lo admiraban. Mas bien lo odiaban, pero no tenían el valor de decírselo; pues el se mostraba como amo y señor de cuanto ellos anhelaban.

Después de un día de halagos, llegar a casa era una tortura. Allí no había a quien presumir. La mujer lo esperaba todos los días con el deseo de marchito; esa manía de creerse superior lo condenó a una vida miserablemente envidiada; y a la pobre mujer ni siquiera arrastró con él; ella no era más que un espectro que recorría la vieja casa.

Una noche cualquiera después de lo acostumbrado, se desbordó sobre la cama dejando caer la amorfa materia, malgastada por los excesos de alcohol y grasa. El fantasma recorría la casa, abrió la puerta y vio el cuerpo semidesnudo, semiacostado y semidormido. La borrachera no le permitió quitarse la ropa, apenas si puedo desabotonarse la camisa. La mitad del cuerpo reposaba en la cama mientras el resto yacía en el suelo. El estruendoso ronquido retumbaba por toda la casa acompañado de un balbuceo casi indescifrable.

Mala suerte amigo, el doctor te prohibió comer grasa; te dijo que no tomaras cerveza, y que por ninguna razón dejaras de tomar la pastillita para el corazón. Pero como siempre, soberbio ante todo. Le dijiste al doctor que eras un hombre sano, que no necesitabas restringirte para ser feliz. Es una pena perderte, pero, que le vamos a hacer, así es la vida.

Los súbditos lloraron sobre la tumba de mármol; nadie más que ellos puedo cargarlo hasta el cementerio; ni siquiera los hermanos pudieron persuadirlos para que soltaran el féretro. El olor a clavel y los poemas tristes casi matan al fantasma que en veinte años no había salido de la casa. Todos lloraron, todos fueron su mejor amigo; todos lo amaron.

Los lacayos se libraron del yugo, se deshicieron del despiadado que los humillaba; sin embargo se sentían incompletos. Así que le buscaron un reemplazo.

En la primera fila ellos vuelven a reír, han encontrado otro igual, a quien aman y odian con la misma intensidad.

viernes, septiembre 07, 2007

Juego peligroso

El partido entre Lideres de Yaracuy y Duros de Lara se inicio en el gimnasio cubierto “Nicolás Ojeda Parra” a eso de las siete treinta de la noche. Mi esposa decidió no acompañarme a ver el juego, así que invite a un par de amigos. La noche anterior vi a mi equipo caer ante su rival trágicamente. Por esa razón llegué con mucho ánimo a ver el juego. La liga nacional ha venido aumentando de nivel en cada temporada. Para este año, Lideres cuanta con el mejor importado de la liga.

El cielo esta parcialmente nublado, tengo algo de frío y se me quedo la chaqueta sobre la cama. Mis amigos no aparecen. Me como un perro caliente y se manifiestan ante mí, como pequeñas hadas las primeras gotas de lluvia. Como un ciempiés, la enorme fila para entrar al coso deportivo empieza a moverse. Me acerco a la entrada y saludo a uno de los oficiales que custodia la puerta, gracias a su amistad he podido evadir todas las noches la larga cola.

Una vez adentro, comienza la acción. El equipo de Lara no esta tan “duro”, eso permite montarse en el marcador, con más de doce puntos de diferencia en un santiamén.

La lluvia no ha cesado. Las pequeñas gotas fueron remplazadas por gigantescos chorros de agua que caen a los lados del gimnasio; la brisa arremete sin compasión. Una gota, se deja ver en lo más alto del techo, recorre sin prisa un par de centímetros y cual suicida se tira sobre el tabloncillo. Una tras otra, las gotas repiten la aventura. El juego se detiene habiendo apenas transcurrido cuatro minutos. En seguida la multitud comienza a gritar a coro “queremos juego, queremos juego”.

Hasta este momento todo esta aparentemente normal. Nadie se ha percatado que el estacionamiento esta completamente inundado. Los jugadores se han quedado en la cancha realizando ejercicios de calentamiento para no perder la temperatura del cuerpo. Yo, como todos los demás sigo en mi asiento, sin saber que la lluvia a derribado árboles y avisos publicitarios en toda la ciudad. Felix esta haciendo estragos y ninguno de los presentes lo sabe.

De repente sucede lo que me temía. Una fuerte descarga eléctrica. Por un momento mis ojos quedan en completa oscuridad, solo puedo oír los gritos de la multitud; ha esta hora muchos han empezado a temer. Para mi es solo un aguacero mas, nada que temer, esto pasara pronto.

A mi cabeza empiezan a llegar una serie de imágenes, recuerdo el terror que mi esposa siente ante la lluvia. Recuerdo la tragedia del noventa y nueve en Vargas. Pero pienso por un instante que mi esposa no esta sola, ella esta con Lucy, nuestra perra. ¿Pero de que sirve?, si Lucy también le tiene miedo a la lluvia, bueno… a los truenos. Me las imagino y no dejo de sentir compasión y un poco de risa. La verdad es que ellas son muy valientes, y necesitan ser presionadas para poder demostrarlo.

Me he ido a otro plano con mis pensamientos y no me he dado cuenta que todos se han parado de sus lugares porque la lluvia ha mojado nuestros asientos. Cuando me percato de la situación me dirijo hacia la parte superior de las gradas; desde allí puede verse la calle. No me dio tiempo de llegar arriba, el mundo se deshizo ante mi en un instante.
El señor de blanco me pregunta mi nombre, y no se porque razón no puedo responderle. Me duele mucho el cuerpo. Tengo frío. La claridad me dificulta la visión. ¿Dónde estoy? ¿Que ha pasado? No se. Comienzo a llorar y una joven de aspecto delicado se acerca a mi cama y me acaricia. —tranquilo mi amor, todo esta bien. Me siento caer. Es como si me deslizase por un gran tobogán; se que no voy a ningún lado pero siento como si mi cuerpo fuese cayendo a un abismo al cual olvidaron colocarle fin.

Tres meses, todo igual. Ni una sola visita, ni un solo amigo. No he logrado recordar nada. El señor de blanco ha intentado convencerme, pero yo me niego a creer lo que me dice. La chica asegura que es mi esposa; no se ha movido ni un solo instante de mi lado. Le hablo y no me entiende. Eso es desesperante.

Levántate de ahí, ya no puedes hacer nada —las palabras del viejo me molestan— es por el bien de ella, déjala libre.

Hoy me he decidido; respiro hondo y poco a poco voy levantando mi cuerpo hasta quedar sentado sobre la camilla. Un grupo de doctores y enfermeras entran corriendo a la habitación y hacen que la chica salga del lugar. Se paran alrededor de mí y me asusto. Sin embargo continúo con lo previsto. Me pongo en pie y paso en medio de ellos sin que se den cuenta. Ellos continúan alrededor de la camilla con sus aparatos y yo camino hacia el pasillo. La chica llora destrozada. Uno de los médicos sale de la habitación y la mira sin pronunciar palabras; ella lo abraza y llora desconsolada. Mientras, yo continúo hacia la libertad. Tenía razón el hombre de blanco, los muertos no tienen memoria.